Diluyéndose en la más brillante y efímera oscuridad.
Esos cielos tan alejados de la vida, carentes de sentido.
Ahogando tus pensamientos con melodías infernales.
Esas batallas eternas, aquellas en las que reina la soberbia y el orgullo.
Estremeciendo la armonia del alma y el cosmos.
Las estrellas ruedan al ritmo que sentencia la parca.
Las olas arrasan la realidad, quemando las figuras y los ídolos de barro.
La luz se agrieta, secando las lágrimas de las rosas.
¿Y qué queda en esta triste sangre?
Hambre y meláncolia, de que la luna ilumine mis besos.
Esos besos nuestros, que desgastan la realidad, como juguetes de trapo.
Esos besos nuestros, que tornan la realidad la más adictiva locura.
Esos besos nuestros, que jamás daremos.
Allá donde los yermos lares se extienden sin compasión.
Donde los secos mares drenan la vitalidad de la tierra.
Donde los viciados cielos envenenan con solo verlos.
Allí será donde eternamente viviremos juntos.
Con un único destino.
El de amarnos.
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