Después de tanto tiempo sin poner nada por aquí, por fin vuelvo con ganas de echar bilis.
Desde mi última entrada, 15 de noviembre de 2013, han pasado casi siete meses.
Siete meses en los cuales he vivido mil y una cosas. Siete meses de luz y sombras.
La vida es así, allá donde haya esperanza, habrá desesperación. Y sí, me gusta ser dramático.
Me gusta exagerar las cosas, ya que de esa forma, se puede llegar a entender un mínimo lo que siente esa persona. En verdad los seres humanos vivimos encerrados en nosotros mismos, nuestro ego nos ciega y nos imposibilita ponernos del todo en la piel del otro.
La empatía está sobrevalorada, el entender como pueda sentirse una persona está pasado de moda.
Y desde mi punto de vista es así; por mucho que una persona se esfuerce en comprender a otra, le es imposible entender sus experiencias y sentimientos. Aunque esto no es nada nuevo ¿No?
En entradas anteriores, habré hablado en alguna de ellas sobre el ego y la empatía.
Pero bien, no quiero que esta entrada siga siendo una queja sobre la gente de mierda que me rodea.
El problema está, en lo que duele ver a una persona que para ti es especial, convertirse lentamente en una persona de mierda, en un falsísimo, vamos. Y esto es inevitable, uno no puede evitar que las personas cambien, ya que quien hace eso es la realidad que vive.
Todos estamos bajo el yugo de la realidad y el destino.
Pasamos nuestros días observando como ocurren las cosas a nuestro alrededor, y muy raramente, nos inmutamos.
Ahora se acerca ese período estival en el que uno debe hacer cosas antes de volver al día a día de la formación académica, así que espero que todo lo que ocurra bajo los rayos del sol, no queme nuestra frágil piel.
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