lunes, 16 de julio de 2012

El Primogénito.

Hace mucho, mucho tiempo, en una tierra lejana, allá donde solo bañaba la luz de la luna llena había un hermoso y lúgubre lago de oscura y cristalina agua.
El lago nacía de los más profundos círculos infernales.
El agua que manaba de él, alimentaba a los demonios que habían decidido pasar su vida lejos de su ensoñado hogar.
Pues bien, cercana al lago, se alzaba una majestuosa sima, en la cual se encontraba un derruído castillo.
Y allí, en lo más profundo del castillo, se encontraba altiva la más oscura y perversa de las emperatrices.
Aquella yerma e infértil. Incapaz de concebir un hijo. Debido a su inconmensurable maldad jamás había encontrado a un héroe que la hiciera sentir amada.
Durante eones buscó a áquel príncipe que le regalase el poder de dotar de vida a un ser en su interior. En vano.
Tan sólo logró crear una dragona con alma de leona a partir de oscura magia, lo cual provocó que la dragona naciese con crónicas enfermedades, dotando su cuerpo de constantes pesares.
Cansada la emperatriz de sufrir la más dolorosa de las soledades invocó a las huestes de los infiernos en busca de un demonio que le fuera capaz de concebir un hijo.
Decenas, cientos, miles, millones de demonios fueron incapaces de darle el poder de dar vida a un ser en su interior a la emperatriz.
Frustrada, enfadada y deprimida, la emperatriz pensó en desolar todo aquello que su vista alcanzaba en pos de destruir allá donde pudiera la felicidad que no le podía ser otorgada.
Una vez pensado el plan, ordenó a su dragona quemar los alrededores de la sima colindantes al castillo, para erigir una torre que acercase a la emperatriz a los páramos divinos en los cuales dormían los dioses, con afán de lograr el mayor radio de destrucción posible.
Los siervos de la emperatriz tardaron quinientos días y quienientas noches en levantar una torre que asomaba más allá de las nubes. Oscura, espinosa y melancólica se erguía la torre, envenenando la tierra, quebrando los mares y azotando los cielos.
Una vez terminada, la emperatriz se alzó majestuosa sobre el altar del torreón y comenzó a conjurar sus hechizos y sortilegios en busca de caos, destrucción y desolación.
Con los primeros cánticos se formaron oscuras y tenebrosas nubes que sumieron en una noche sin vida el mundo.
Con los segundos cánticos la vida comenzó a dormir, aplanzando sus vitales planes para la apertura de ojos tardía... Si acaso...
Con los terceros cánticos los vientos, los mares y las tierras dejaron de moverse, paralizando el movimiento del planeta.
Con los cuartos cánticos el Sol dejó de emanar luz y el planeta comenzó a enfriarse.
Pero al comenzar con los quintos cánticos, la Luna comenzó a hablarle.
- ¿Se puede saber qué haces, inconsciente mortal?- Preguntó la Luna alarmada por la actuación de la emperatriz.
- No dejaré que nadie viva en paz si yo no puedo lograr si quiera uno de mis más anhelados sueños, no es justo que sea el único ser que no encuentre la felicidad en la vida.- Contestaba colérica la emperatriz.
- Sabía que los mortales eráis egoístas, pero no pensaba que vuestros límites sobrepasaran la fina línea entre la cordura y la demencia. ¿Acaso piensas que eres el único ser incapaz de lograr sus sueños? Dime ¿Qué es eso que tanto anhelas?
- Ser madre por una vez en esta vida.
- Es decir; una vez seas madres ¿Podrás descansar en paz?
- Así es, tan solo quiero sentir que una vida crece dentro de mi y soy capaz de darle existencia a una descarriada alma.
- Hagamos un trato. Yo te daré un hombre el cual sea capaz sea capaz de darte un primogénito si a cambio me entregas tu alma y en el momento de dar a luz desapareces de este mundo. ¿Aceptas?
- Pero jamás podría ver crecer a mi tan deseado hijo ¿Qué sentido tiene ese macabro trato?
- Claro que lo verás crecer, ti su alma me pertenece me acompañarás trayendo la noche hasta el fin de los tiempos. Y con cada ida y venida podrás velar por él. Además, allá donde las aguas infernales se hallan jamás mengua mi dominio. ¿Qué dices, aceptas?
- Está bien. Una vez dé a luz, te perteneceré.
Y así la emperatriz y la Luna hicieron un trato.
La emperatriz deshizo sus hechizos de oscuros propósitos y los efectos desaparecieron como la marea hace desaparecer a un castillo de arena cercano a la orilla.
Los siervos de la emperatriz comenzaron a derruir la torre depositando sus restos alrededor del castillo primigenio, formando una fortaleza que rodeaba en forma de estrella invertida los páramos colindantes al demoníaco lago. Sería la cuna que criaría al primogénito de la malvada emperatriz.
La emperatriz quería preparar todo minuciosamente para que su primogénito no tuviera ningún problema en sobrevivir: colocó canales que irían desde el lago que alimentaba a los dominios hasta el castillo, para que su hijo tuviera qué beber; plantó punicas granatum por toda la sima, al igual que prunus avium para que su retoño tuviera frutas para comer e hizo sembrar lycoris radiata junto con liliums para dar color a los oscuros páramos y así ver jugar y crecer feliz a su tesoro.
Todo estaba preparado para concebir al tan deseado hijo, sin embargo, faltaba algo; el padre. 
 

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