viernes, 12 de julio de 2013

El mundo y su puta mierda.

Con el tiempo me he dado cuenta: El destino es una vieja pelleja que siempre intetará jodernos.
No me gusta ser negativo ni deprimente, pero es una realidad. Siempre que dejamos algo en las manos del azar, solemos acabar con un resultado desalentador.
Es verdad que nosotros mismos nos creamos el camino que vamos a seguir, pero no siempre tenemos la oportunidad de obtener el resultado deseado.
Pero a ese tipo de desilusiones solemos estar acostumbrados. Todo nos ocurre de manera que esté tejido y prefijado.
Ya hablaban de ello los griegos con sus Moiras, aquellas viejas del destino que se encargaban de tejer un telar donde se reflejarían todos los caminos de todos los seres y las variables y enredos que tendrían con aquellos más cercanos. 
Pero no sólo eso, las Moiras también sabían cuándo iba a acabar tu vida.
Como poco, es tétrico y deprimente. ¿Qué libertad quedaría si supieras que tu vida ya tiene un final predestinado?
Lo que yo decía; desalentador.
Otro ejemplo de hilos y destinos, y ete mucho menos deprimente, es el caso de los asiáticos y su "hilo rojo". 
En este caso ellos creen en que dos personas, sin importar si se conocen o no, están destinadas a terminar enamoradas una de la otra. Todo esto decidido por un hilo rojo atado al dedo meñique de tu mano izquierda, también unido al mismo dedo de otra persona.
Dará igual cuanto se estire o se enrede, si debes estar con esa persona, acabarás con ella.
En fin, ¿y a qué viene todo esto?
Pues a que me parece un poco cruel aquello a lo que llamamos destino, ya que siempre te pone alguna prueba u obstáculo que te hace dudar de la suerte que tengas, pero bueno.
Si bien dicen que el destino es aquello que nosotros decidimos, yo prefiero pensar que todo es un poco más transcendental, que nuestra vida se rige por la física y la energía, que el azar tiene algo matemático y a la vez mágico, no obstante, como bien dijo Murphy, si algo puede salir mal, saldrá mal.

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